sábado, 22 de marzo de 2025

Breve historia de 'Volverás a Región'

 Aún cuando en la última página de este libro se señala que fue escrito entre 1962 y 1964, entre Madrid y el pantano del Porma, en la provincia de León, la historia y los orígenes del mismo distan de ser tan simples y se remontan a algunos años atrás. Lo cierto es que hacia 1951, y bajo el influjo sufrido por la lectura de La rama dorada, comencé a escribir una novela -que terminaría unos años después- en la que se narraban unos cuantos acontecimientos situados en un mismo medio rural (que a falta de una precisa localización geográfica bauticé con el nombre de Región) dominado por la lejana, nocturna y o omnipotente presencia del guarda de una finca, una suerte de vicario en nuestras tierras del guardián del bosque sagrado de Nemi. La novela se titulaba El guarda, y aparte de tal protagonista -que in absentia atormentaba todas sus páginas sin jamás asomar a ellas, sin llegar a ser algo más que una conjetura- por ella desfilaba una bien surtida serie de personajes anormales: una mujer enloquecida por la pérdida de su marido -picado por la curiosidad de atravesar los límites de la finca maldita- a los dos días de su matrimonio; un viejo aristócrata, asesino de perro, lanzado al maquis por despecho; un joven alcoholizado, último vástago de una gran familia, empeñado en transformar su casa en un laberinto cretense del que ya no acertaría a salir y en lo más recóndito del cual cavaría su sepulcro; una tribu de enriquecidos gitanos que poco a poco se va apropiando de toda la comarca gracias a la destilación de un alcohol repugnante y, en fin, el abogado venal que se engaña a sí mismo con sus propias trapacerías. Como fácilmente se comprenderá, todo un muestrario, un museo atiborrado de toscas reproducciones de Lee Goodwi, de Sarey Gamp, de Bertha Mason, de Pechorin, y hasta del pastelero de Madrigal.

 A pesar de hallarme bastante seguro acerca de sus virtudes literarias, estaba tan convencido de que no se podía publicar en España que no me molesté en enviar el original a cualquiera de los premios entonces en boga. En cambio, me las arreglé para hacer llegarlo a algunas casas de Sudamérica y Francia, a las que tenía cierto acceso, y al no obtener ninguna respuesta positiva me permití enviarlo directamente por correo al editor de París que entonces me pareciera más alambicado y exigente, José Corti, de la rue de Medicis. Para mi asombro recibí al poco tiempo una breve carta autógrafa que aún hoy me sigue enterneciendo como un modelo de cortesía; no solo el editor demostraba en ella haber leído el manuscrito sino que, sin necesidad de recurrir a los elogios tópicos, hacía gala de toda clase de excusas ante la imposibilidad de encajar en su catálogo un libro semejante. En aquellas fechas ya había terminado ya mi carrera y estaba decidido no solo a ejercerla fuera de Madrid, sino a considerar aquella aventura literaria como el frustrado, cancelado y ocioso empeño de un estudiante descontento y sobrado de tiempo. Pero, con todo, a la hora de hacer las maletas guardé con cuidado todos mis manuscritos -tenía cuatro de cierta entidad- con el propósito de volver a leerlos el día que el olvido me pudiera deparar alguna sorpresa.

 No lo volví a ojear hasta 1962, cuando trabajaba en el pantano del Porma. Pero durante ocho años había estado recorriendo una buena parte del noroeste de la península y en cada comarca, en cada tierra, en los arrinconados y podridos burgos y en los quejumbrosos monasterios, había seguido espiando la presencia de aquel guarda maldito, el fundador de la lúgubre dinastía que mantenía a raya tantas extraviadas comunidades sujetas a su depauperada tierra por su propio temor. Semejante experiencia viajera me llevó a  aclarar algunas ideas y -antes de abrir las carpetas- a entenebrecer otras que, por demasiado contundentes, se me antojaban inexactas. Entonces llegué a la conclusión de que rara vez la verdad alumbra; o, en otras palabras, que de semejarse a algo es a las tinieblas que se cierran tras el relámpago del error.

 En aquella circunstancia encontré tiempo y disposición de ánimo no tanto para volver sobre el texto antiguo cuanto para escribir otro nuevo cuyo parentesco con el primero se limitaba a la personalidad del guarda, a ciertas toponimias y descriptorias locales y a algunas anécdotas de carácter ornamental. De forma que, entre 1962 y 1964, escribí otra novela que titulé La vuelta a Región, apoyada en un trípode (como la Iglesia de Cristo) de patas perfectamente heterogéneas, a saber: el mito del guarda y del bosque prohibido, el desarrollo y las consecuencias de la guerra civil en una comunidad apartada y los desórdenes causados por un pseudomatrimonio frustrado en el corazón de la montaña. Con todo, el texto seguía siendo demasiado extenso, prolijo e impertinente aun cuando un buen número de insolencias habían sido mitigadas y edulcoradas a fin de hacer posible la publicación. Y gozaba de una particularidad, se trataba de un discurso seguido, con muy escasos diálogos y sin otras cesuras que unos cuantos -no muchos- puntos y aparte.

 Haciendo uso de los buenos oficios de algunos amigos lo envié a algunas editoriales que por aquellas fechas jugaban al papel de vanguardia, si no literaria, al menos ideológica. No tengo noticia de que despertara la menor atención. En algunos casos traté de facilitar la gestión enviando al asesor de la cas un volumen de relatos que yo ya había publicado a mi costa en 1961 y que, por lo menos en ese aspecto, demostró ser ese embajador de pésimas dotes que tanto echaba de menos Talleyrand. Lo mejor que obtuve fue un par de cartas (bien distintas de la de Corti) firmadas por señoritas que no contentas con dictaminar la imposibilidad de la publicación se recreaban en señalarme los vicios en que yo había incurrido como narrador. "Su novela -decía una- carece de diálogos. No olvide que el público lee casi exclusivamente los diálogos que suelen ser además los mejores exponentes del arte de un novelista". Creo que a principios de 1965 pasé el original a dos amigos, Dionisio Ridruejo y José Suárez Carreño, quienes sorprendidos por algunas de sus páginas insistentemente me animaron a corregirlo y aligerarlo. Recuerdo que al principio me opuse con toda la vehemencia de quien seguro de su obra empero ha llegado al límite de su paciencia con ella; no en balde, entre unas cosas y otras, el texto había sido escrito cuatro veces. Y sin embargo, me decidí a hacerlo por quinta y última, buena prueba de que mi paciencia aún podía aguantar una exigencia más por parte del apetito de gloria. En aquella última transcripción las modificaciones fueron mínimas, suprimí todo un pasaje que resultaba muy dudoso (la historia de un niño que abandonado en un internado de religiosas para entretenerse creaba tal cizaña que toda la comunidad terminaba por morder el polvo o ahorcar los hábitos o caer en brazos de los más abominables pecados), dividí el conjunto en cuatro capítulos y -no pudiendo apartar de la mente la censura de aquella secretaria que tan bien conocía los deberes de un escritor- eliminé todos los diálogos salvo uno. Y sustituí el título por otro un poco más dinámico. En una agenda de 1965, en la entrada correspondiente  al día 14 de septiembre, tengo anotado: "Hoy he acabado la transcripción de Volverás a Región. Espero que sea la última". Hallándome en Barcelona un día de aquel verano entregué personalmente el manuscrito en la oficina de recepción de un conocido premio literario, donde fue recibido y registrado con el número 51. Aguardé durante tres meses el fallo, convencido de que si no el premio al menos lograría llamar la atención del Jurado y conseguiría la tan ansiada publicación. Ni conseguí el premio ni el texto logró alinearse entre aquellos veinte más sobresalientes que habían merecido una calificación previa y sobre los que exclusivamente deliberaría el Jurado . No tomé la precaución (porque ignoraba esa triquiñuela) de introducir entre sus páginas un apenas perceptible virgo para deducir luego si había sido desflorado, pero ciertos indicios me llevan a sospechar que nadie lo leyó cabalmente. A partir de entonces mi decepción fue tan supina que decidí no tomarme más molestias con aquella novela que parecía tan maldita como la tierra que describía y a la que ninguna intervención sacaría del marasmo en que había sido engendrada; así que empecé otra nueva.

 Un año después, en febrero de 1967, y gracias a la insistencia y capacidad de persuasión de Dionisio Ridruejo, Ediciones Destino se decidió a lanzar al mercado Volverás a Región, con un tiraje muy modesto. Las consecuencias, de muy distinto orden, de semejante decisión no viene al caso; solo diré que para hacerlo posible tuve que sacrificar las últimas impertinencias palmarias. Hacia finales de 1968 el libro llamó la atención de dos personas -Pere Gimferrer y Rafael Conte- que repararon en él cada cual por su lado. Y ahí empezó otra historia.

 Para esta segunda edición me he limitado a corregir y subsanar dentro de lo posible unos cuantos errores de dicción demasiado elementales como para ser respetados y a reponer unos pocos hiatos que incomprensiblemente pasaron inadvertidos en 1967.

                                                                                  Juan Benet, Madrid, febrero de 1974