Opinión 10: En favor de la Literatura a pesar de su enseñanza y de la crítica

  

                         

              EN FAVOR DE LA LITERATURA A PESAR DE SU ENSEÑANZA Y DE LA CRÍTICA

  Yo no me hago muy bien cargo de cómo se enseña o cómo se ha de enseñar la literatura en un aula. Supongo que es eso lo que hay que hacer, enseñarla... y tratar de explicarla lo menos posible. Mostrar dónde se halla para que el alumno haga lo que quiera con ella. La función última que se propone toda obra literaria —y que quienes las han creado aspiran a cumplir, sin excepción alguna— difícilmente puede ser explicada. En comparación con cualquier disciplina científica para la que la enseñanza ha de desembocar en una descriptiva, la literatura a mi entender esconde un secreto que no se revela por el mero hecho de mostrar el lugar donde se halla encerrado y que reservado y dirigido al lector sólo en parte puede ser compartido ya que para disfrutarlo es preciso pasar a la lectura privada. Pues aún cuando la enseñanza aspire a mostrar muchas cosas acerca de la literatura, si se parte de un deber su función puede reducirse a la intervención excéntrica de un entrometido. Muchas veces me represento a la mentalidad crítica que todos llevamos dentro como ese intermediario que, nadie sabe cómo, ha logrado hacerse con los resortes del mercado. O cómo esos guías de los monumentos públicos que, capaces incluso de chapurrear algún idioma, se las arreglan para despachar la visita de una expedición de turistas en menos que canta un gallo. Sobre todo ellos —sobre los turistas, sobre el guía y sobre el monumento— planea la sombra de aquel deber que obliga a no abandonar la ciudad sin visitarlo. No es posible zafarse de él; es tan difícil que para librarse de ese pretendido acto cultural se precisa por lo general una cultura —una libertad de espíritu— superior a la normal. En virtud de la imposición de ese deber el acto que perpetra ese guía es un fraude que a todos conviene: a él mismo, a los turistas ansiosos de despachar la obligación e incluso al monumento que, una vez percibido el importe de la entrada, lo que más le debe satisfacer es que lo maltraten lo menos posible. Reconozco que nada gusta más al hombre de letras —y en la mayoría de los casos, nada le conviene mejor— que el éxito de público, dependiente tantas veces del favor del guía. En eso no se diferencia del resto de los mortales. Pero el éxito de público para ser completamente satisfactorio y permanentemente soportable debería ser tan impersonal como el que goza el monumento artístico, porque cuando se personaliza, cuando el profesional obligado por él tiene que tratar con el profano de su profesión como cosa de dominio público, puede llegar a ser muy incómodo. El único trato satisfactorio es con el entendido; con el profano el trato óptimo se reduciría al abono de la entrada.

  En cierto modo, en el diálogo que el escritor desea establecer con el lector, no está previsto que intervenga el guía que se introduce en él sin que nadie le llame. Con mucha frecuencia los resultados de su intromisión le inducen a pensar que su deber es actuar de intermediario entre dos personas que si se entienden al menos no dejan constancia de su relación. Al dar fe de esa relación, el intermediario se convierte en apoderado de ambos, tanto del lector, al que obligándole a pensar que teniendo más juicio e información que él, es conveniente que obedezca sus instrucciones no sólo para no perderse en un monumento que no conoce sino para en caso extremo sustituir la visita por la atinada descripción que él ha preparado al efecto, cuanto del escritor al que aconseja en un oficio en cuanto portavoz de una multitud que aquél desconoce. En esas condiciones, de esas tres personas físicas o ficticias que intervienen en la creación y el consumo de la obra literaria, la mentalidad crítica (no sólo la del crítico, sino las de escritor y lector también) es la que destaca por su seguridad, la que interviene en el conjunto de la operación por la firmeza de sus juicios y con el poder de sus convicciones. Ni el escritor acostumbra a hacer un libro de ficción partiendo de convicciones y conocimientos firmes ni el lector lo compra si no es porque en buena medida desea ser sorprendido. En muy escasa medida la mentalidad crítica puede aceptar la sorpresa. Sobrevenga lo que sobrevenga y aparezca lo que aparezca, su misma función le exige contar con una pronta y comprensiva respuesta para todo. Teniendo en su mano una formación literaria considerable, conociendo las determinaciones de la época, los recursos del lenguaje y las vicisitudes de la moda, le basta la primera página de la nueva obra para situarla. Unas pocas más y será capaz de explicarla; una incomprensión total o parcial está fuera de toda duda porque el rechazo es para él una forma de asimilación. Cabe pues decir que toda mentalidad crítica completa está situada después de la obra literaria ya que sus juicios y categorías se aplican pero apenas se modifican con ella, de suerte que podrá contemplar toda nueva creación como un incremento marginal cuyo signo no escapa al observador que, contando con todos los instrumentos de medida, tiene siempre ante su vista la totalidad del campo.

  La mentalidad lectora es mucho más ingenua, y no digamos la creadora. Aquélla no abre un libro si no es con la esperanza de aprender en él algo nuevo; ésta no pondrá una palabra sobre el papel si no es con la convicción de decir algo nuevo. Ambas repiten una y otra vez la operación como un procedimiento de salir de lo ya sabido, a fin de liberarse por un momento de la esclavitud al conocimiento permanentemente presente y recordado. Al igual que el visitante que abandona el monumento cantando sus alabanzas pero sin haber sufrido en su interior ninguna emoción ni experiencia inéditas, sin haber hecho otra cosa que verificar lo ya visto en un álbum y cumplimentar un deber sacrosanto para todo viajero, la mentalidad crítica con cada nueva lectura no hace más que una comprobación o, a lo más, la asimilación de un nuevo resorte para el funcionamiento de su cada día más rígido sistema judicial. En última instancia, el resultado de la intervención de la mentalidad crítica, para quien las actitudes entre las que se mueve adolecen de la ingenuidad inherente a unos apetitos simples, será demostrar a ambas partes lo equivocadas que estaban sus esperanzas.

  No creo que tenga necesidad de añadir, hasta qué punto puede ser asfixiante, a mi parecer, la enseñanza de la literatura por esa mentalidad crítica “posterior” a toda obra literaria, incluso la futura, y mucho más ocupada en fijarse ella misma en un sistema de coordenadas epistemológicas invariables que en dejarse arrastrar por la atracción simple que ejerce esa obra. Si es la mentalidad crítica la que enseña literatura, el alumno adquirirá mentalidad crítica antes que gusto y pasión por las bellas letras. Si la enseñanza de nuestros tiempos tiene mucho de eso, es porque el profesor y el crítico propenden cada día más a fortalecer su personalidad crítica, con mengua de la motora. El oficio de leer se torna para ellos en un banco de pruebas de esa personalidad; su resistencia y su inercia prevalecerán sobre su capacidad para ser transportados. Se diría que deben no por el placer de beber sino por el prurito de demostrar que resisten los efectos de la bebida; y ello remite a que sus verdaderos placeres se producen cuando no beben porque en el fondo no les gusta la bebida. Observe si no el ejemplo de la crítica más contemporánea que nos llega de Francia o América —y que tantos adeptos está encontrando en nuestro país— y dígame si no despide toda ella el tufillo de dos escolásticos abstemios, casi exclusivamente preocupados en la búsqueda del método. Partiendo de aquella privilegiada e intemporal situación posterior a toda literatura la crítica se cierra sobre sí misma y se sustenta de ella misma, sin necesidad de nutrirse de las letras y librada ya de aquella denigrante condición parasitaria. Como residuo de aquel vínculo servil ya sólo quedan unos pocos sentimientos porque una vez emancipada aspira a sustituirla. De la misma manera que la ciencia, tras desmontar a la religión para cuyo servicio nació, ha reclamado para sí los adeptos y los procedimientos de obediencia de aquélla, la moderna crítica pretenderá ser la depositaria del saber y del apetito literarios relegando la literatura al papel de mero vehículo histórico para alcanzar esta meta. La verdadera aspiración de la crítica moderna no será por consiguiente explicar la literatura, sino sustituirla. Si esta tendencia se universaliza, ¿qué tiene de extraño que en la Universidad española se destierre la enseñanza —la enseñanza de enseñar, de decir “ahí está”— de la Literatura? Una vez más habremos dado anticipadamente una lección al mundo.

  Si me atengo a mi propia (y no numerosa, bien es cierto) experiencia diré que apenas he obtenido beneficio alguno de aquellas aportaciones críticas que han establecido sus juicios desde la plataforma posterior a la literatura. Como es de esperar, la mayoría de los críticos más que arrojar alguna luz sobre lo que he escrito se descubren y manifiestan ellos mismos. Sus juicios rara vez son de primera instancia; por lo general, son confirmaciones de una sentencia anterior que, personalmente, ya no pertenecen a nadie sino que forman parte de la jurisprudencia literaria. Y por si fuera poco, casi todos ellos saben a qué atenerse respecto a lo que todavía no he hecho, respecto a lo que estoy pensando hacer con una ingenuidad impropia de un hombre de mis años. No tengo, como no creo que tiene ningún español vivo, la menor capacidad para sorprenderles. Lo saben todo de antemano, nada les pilla de sorpresa; no hay manera de inventar un nuevo delito, su código los tiene todos previstos y sancionados. Son todo lo contrario de aquel verdadero guía cuya misión primordial es despertar la curiosidad del viajero. La misión del escritor será procurar a todo trance que esa curiosidad no se adormezca, interés primordial que el crítico parece haber olvidado y que, en su camino de sustitución del escritor lego, al ser desestimado puede provocarle serios disgustos. Es lo malo de tomarse demasiado en serio ciertas cosas, una actitud que a mi parecer domina excesivamente en el ámbito universitario, demasiado solemne para enseñar algunas disciplinas; aquellas otras dos, desterradas de ese recinto y observando cómo la mentalidad crítica se adentra por el camino del conocimiento científico, se preguntarán quién es la que peca más de ingenua.

Juan Benet