EN
FAVOR DE LA LITERATURA A PESAR DE SU ENSEÑANZA Y DE LA CRÍTICA
Yo no me hago muy
bien cargo de cómo se enseña o cómo se ha de enseñar la literatura en un aula.
Supongo que es eso lo que hay que hacer, enseñarla... y tratar de explicarla lo
menos posible. Mostrar dónde se halla para que el alumno haga lo que quiera con
ella. La función última que se propone toda obra literaria —y que quienes las
han creado aspiran a cumplir, sin excepción alguna— difícilmente puede ser
explicada. En comparación con cualquier disciplina científica para la que la
enseñanza ha de desembocar en una descriptiva, la literatura a mi entender
esconde un secreto que no se revela por el mero hecho de mostrar el lugar donde
se halla encerrado y que reservado y dirigido al lector sólo en parte puede ser
compartido ya que para disfrutarlo es preciso pasar a la lectura privada. Pues
aún cuando la enseñanza aspire a mostrar muchas cosas acerca de la literatura,
si se parte de un deber su función puede reducirse a la intervención excéntrica
de un entrometido. Muchas veces me represento a la mentalidad crítica que todos
llevamos dentro como ese intermediario que, nadie sabe cómo, ha logrado hacerse
con los resortes del mercado. O cómo esos guías de los monumentos públicos que,
capaces incluso de chapurrear algún idioma, se las arreglan para despachar la visita
de una expedición de turistas en menos que canta un gallo. Sobre todo ellos
—sobre los turistas, sobre el guía y sobre el monumento— planea la sombra de
aquel deber que obliga a no abandonar la ciudad sin visitarlo. No es posible
zafarse de él; es tan difícil que para librarse de ese pretendido acto cultural
se precisa por lo general una cultura —una libertad de espíritu— superior a la
normal. En virtud de la imposición de ese deber el acto que perpetra ese guía
es un fraude que a todos conviene: a él mismo, a los turistas ansiosos de
despachar la obligación e incluso al monumento que, una vez percibido el
importe de la entrada, lo que más le debe satisfacer es que lo maltraten lo
menos posible. Reconozco que nada gusta más al hombre de letras —y en la mayoría
de los casos, nada le conviene mejor— que el éxito de público, dependiente
tantas veces del favor del guía. En eso no se diferencia del resto de los
mortales. Pero el éxito de público para ser completamente satisfactorio y
permanentemente soportable debería ser tan impersonal como el que goza el
monumento artístico, porque cuando se personaliza, cuando el profesional
obligado por él tiene que tratar con el profano de su profesión como cosa de
dominio público, puede llegar a ser muy incómodo. El único trato satisfactorio
es con el entendido; con el profano el trato óptimo se reduciría al abono de la
entrada.
En cierto modo, en el diálogo que el escritor desea
establecer con el lector, no está previsto que intervenga el guía que se
introduce en él sin que nadie le llame. Con mucha frecuencia los resultados de
su intromisión le inducen a pensar que su deber es actuar de intermediario
entre dos personas que si se entienden al menos no dejan constancia de su
relación. Al dar fe de esa relación, el intermediario se convierte en apoderado
de ambos, tanto del lector, al que obligándole a pensar que teniendo más juicio
e información que él, es conveniente que obedezca sus instrucciones no sólo
para no perderse en un monumento que no conoce sino para en caso extremo
sustituir la visita por la atinada descripción que él ha preparado al efecto,
cuanto del escritor al que aconseja en un oficio en cuanto portavoz de una
multitud que aquél desconoce. En esas condiciones, de esas tres personas
físicas o ficticias que intervienen en la creación y el consumo de la obra
literaria, la mentalidad crítica (no sólo la del crítico, sino las de escritor
y lector también) es la que destaca por su seguridad, la que interviene en el
conjunto de la operación por la firmeza de sus juicios y con el poder de sus
convicciones. Ni el escritor acostumbra a hacer un libro de ficción partiendo
de convicciones y conocimientos firmes ni el lector lo compra si no es porque
en buena medida desea ser sorprendido. En muy escasa medida la mentalidad
crítica puede aceptar la sorpresa. Sobrevenga lo que sobrevenga y aparezca lo
que aparezca, su misma función le exige contar con una pronta y comprensiva
respuesta para todo. Teniendo en su mano una formación literaria considerable,
conociendo las determinaciones de la época, los recursos del lenguaje y las
vicisitudes de la moda, le basta la primera página de la nueva obra para
situarla. Unas pocas más y será capaz de explicarla; una incomprensión total o
parcial está fuera de toda duda porque el rechazo es para él una forma de
asimilación. Cabe pues decir que toda mentalidad crítica completa está situada
después de la obra literaria ya que sus juicios y categorías se aplican pero
apenas se modifican con ella, de suerte que podrá contemplar toda nueva
creación como un incremento marginal cuyo signo no escapa al observador que,
contando con todos los instrumentos de medida, tiene siempre ante su vista la
totalidad del campo.
La mentalidad lectora es mucho más ingenua, y no digamos la
creadora. Aquélla no abre un libro si no es con la esperanza de aprender en él
algo nuevo; ésta no pondrá una palabra sobre el papel si no es con la
convicción de decir algo nuevo. Ambas repiten una y otra vez la operación como
un procedimiento de salir de lo ya sabido, a fin de liberarse por un momento de
la esclavitud al conocimiento permanentemente presente y recordado. Al igual
que el visitante que abandona el monumento cantando sus alabanzas pero sin
haber sufrido en su interior ninguna emoción ni experiencia inéditas, sin haber
hecho otra cosa que verificar lo ya visto en un álbum y cumplimentar un deber
sacrosanto para todo viajero, la mentalidad crítica con cada nueva lectura no
hace más que una comprobación o, a lo más, la asimilación de un nuevo resorte
para el funcionamiento de su cada día más rígido sistema judicial. En última
instancia, el resultado de la intervención de la mentalidad crítica, para quien
las actitudes entre las que se mueve adolecen de la ingenuidad inherente a unos
apetitos simples, será demostrar a ambas partes lo equivocadas que estaban sus
esperanzas.
No creo que tenga necesidad de añadir, hasta qué punto puede
ser asfixiante, a mi parecer, la enseñanza de la literatura por esa mentalidad
crítica “posterior” a toda obra literaria, incluso la futura, y mucho más
ocupada en fijarse ella misma en un sistema de coordenadas epistemológicas
invariables que en dejarse arrastrar por la atracción simple que ejerce esa
obra. Si es la mentalidad crítica la que enseña literatura, el alumno adquirirá
mentalidad crítica antes que gusto y pasión por las bellas letras. Si la
enseñanza de nuestros tiempos tiene mucho de eso, es porque el profesor y el
crítico propenden cada día más a fortalecer su personalidad crítica, con mengua
de la motora. El oficio de leer se torna para ellos en un banco de pruebas de
esa personalidad; su resistencia y su inercia prevalecerán sobre su capacidad
para ser transportados. Se diría que deben no por el placer de beber sino por
el prurito de demostrar que resisten los efectos de la bebida; y ello remite a
que sus verdaderos placeres se producen cuando no beben porque en el fondo no
les gusta la bebida. Observe si no el ejemplo de la crítica más contemporánea
que nos llega de Francia o América —y que tantos adeptos está encontrando en
nuestro país— y dígame si no despide toda ella el tufillo de dos escolásticos
abstemios, casi exclusivamente preocupados en la búsqueda del método. Partiendo
de aquella privilegiada e intemporal situación posterior a toda literatura la
crítica se cierra sobre sí misma y se sustenta de ella misma, sin necesidad de nutrirse
de las letras y librada ya de aquella denigrante condición parasitaria. Como
residuo de aquel vínculo servil ya sólo quedan unos pocos sentimientos porque
una vez emancipada aspira a sustituirla. De la misma manera que la ciencia,
tras desmontar a la religión para cuyo servicio nació, ha reclamado para sí los
adeptos y los procedimientos de obediencia de aquélla, la moderna crítica
pretenderá ser la depositaria del saber y del apetito literarios relegando la
literatura al papel de mero vehículo histórico para alcanzar esta meta. La
verdadera aspiración de la crítica moderna no será por consiguiente explicar la
literatura, sino sustituirla. Si esta tendencia se universaliza, ¿qué tiene de
extraño que en la Universidad española se destierre la enseñanza —la enseñanza
de enseñar, de decir “ahí está”— de la Literatura? Una vez más habremos dado
anticipadamente una lección al mundo.
Si me atengo a mi propia (y no numerosa, bien es cierto)
experiencia diré que apenas he obtenido beneficio alguno de aquellas
aportaciones críticas que han establecido sus juicios desde la plataforma
posterior a la literatura. Como es de esperar, la mayoría de los críticos más
que arrojar alguna luz sobre lo que he escrito se descubren y manifiestan ellos
mismos. Sus juicios rara vez son de primera instancia; por lo general, son
confirmaciones de una sentencia anterior que, personalmente, ya no pertenecen a
nadie sino que forman parte de la jurisprudencia literaria. Y por si fuera
poco, casi todos ellos saben a qué atenerse respecto a lo que todavía no he
hecho, respecto a lo que estoy pensando hacer con una ingenuidad impropia de un
hombre de mis años. No tengo, como no creo que tiene ningún español vivo, la
menor capacidad para sorprenderles. Lo saben todo de antemano, nada les pilla
de sorpresa; no hay manera de inventar un nuevo delito, su código los tiene
todos previstos y sancionados. Son todo lo contrario de aquel verdadero guía
cuya misión primordial es despertar la curiosidad del viajero. La misión del
escritor será procurar a todo trance que esa curiosidad no se adormezca,
interés primordial que el crítico parece haber olvidado y que, en su camino de
sustitución del escritor lego, al ser desestimado puede provocarle serios
disgustos. Es lo malo de tomarse demasiado en serio ciertas cosas, una actitud
que a mi parecer domina excesivamente en el ámbito universitario, demasiado
solemne para enseñar algunas disciplinas; aquellas otras dos, desterradas de
ese recinto y observando cómo la mentalidad crítica se adentra por el camino
del conocimiento científico, se preguntarán quién es la que peca más de
ingenua.
Juan Benet